17 jul. 2010

Los imaginadores

Por Deborah Maniowicz

Foto: Pablo Stubrin

En el verano de 1855, Thomas Alva Edison, de ocho años, fue expulsado de la escuela primaria por “soñar despierto”. Su maestra lo tildó de “estéril e improductivo”: a sus problemas de sordera parcial se sumaba que estaba siempre en las nubes. Nancy, su madre, se ocupó entonces de la educación del joven Thomas, quien aprovechaba sus ratos libres para leer libros, revistas científicas y realizar experimentos. Los más de mil inventos que patentó durante sus ochenta y cinco años –entre ellos, la lámpara de filamento incandescente y el fonógrafo– transformaron la vida de millones de personas. El desarrollo de su curiosidad infantil fue clave para la sociedad moderna. Como lo fue la inquietud de los chicos que crearon la televisión, las motos de nieve y las orejeras, por citar sólo algunos ejemplos de lo que puede suceder cuando el deseo impulsa la imaginación. Y a nivel local, se pueden citar la tijera que corta para atrás, el paraguas inflable o un sistema de seguridad para los andenes de los subterráneos que fueron desarrollados por niños.

Sábado a las dos de la tarde. En la Escuela Argentina de Inventores la mayoría de los chicos va directamente al fondo del salón, a elegir los objetos con los que trabajarán y que descansan sobre una larga mesada: cintas de papel, tijeras, tubos de papel higiénico, impresoras viejas, disquetes y computadoras. Otros, los menos, sacan diseños y prototipos de sus maletines y abren sus contundentes cajas de herramientas para poner manos a la obra.

Hace más de veinte años que la EAI funciona en el país, en el barrio porteño de Belgrano. Es la única escuela en Iberoamérica destinada a niños y adolescentes inventores, de entre 6 y 16 años. Es un espacio para que canalicen su curiosidad, desarrollen su potencial y trabajen en absoluta libertad. Ya pasaron más de 700 chicos que, con los materiales donados por vecinos y padres de la escuela, crearon objetos fabulosos, algunos de los cuales fueron patentados y tienen prototipos a la espera de un visionario que pueda invertir.

Ignacio, de 6 años, habla de electrones y protones con un compañero; Francisco, de 10, con pinza en mano, está terminando de armar un circuito de electricidad, y Tomás, de 8, desarma una disquetera para sacarle el lector óptico. Si uno cierra los ojos y olvida las voces infantiles, podría creer que los que hablan son inventores profesionales.

“Los grandes inventos surgen de problemas que uno no puede resolver”, explica Francisco, con soltura. Claro que los problemas, a su edad, suelen ser menores: “En los recreos todos gritan y cuando intento jugar a las cartas de Pokemon con mis amigos nunca escuchamos cuando el otro dice ‘te toca’. Por eso, estoy armando un circuito eléctrico que va conectado a una lamparita y tiene un botón para apretar cuando uno termina de jugar. De esa forma, se prende una luz roja que le avisa al otro jugador que es su turno”. La lamparita que utilizó Francisco cumplía funciones en una impresora vieja que tenía en su casa.

La consigna de Lucas Perfumo –uno de los maestros (que aquí se denominan facilitadores) con más experiencia, ya que a los 15 años llevaba realizados 300 inventos– llega en cuanto Francisco termina de armar su sistema: “Ahora tenés que anotar tu invento en el cuaderno así queda registrado”. Cada chico tiene su propia libreta donde debe anotar cada innovación. Todas tienen en la primera página la misma frase: “Donde hay un problema, hay una oportunidad de cambio positivo; el mejor invento es el próximo; desarmar no es romper; más rápido, más seguro, más fácil, más barato, más liviano, más estético, más simple, más provechoso, más rentable, menos contaminante = ¡MEJOR!”.

Desarmar sin romper es lo que hacía Gino cuando tenía tres años. Ahora tiene 14, pero Marta, su mamá, recuerda que separaba los electrodomésticos pieza a pieza y las usaba para armar otras cosas. “Quiero ser técnico en electrónica y después ingeniero”, asegura Gino, quien el año pasado fue premiado por la Organización Mundial de Propiedad Intelectual, que depende de Naciones Unidas, como el inventor joven más destacado de Latinoamérica. En ese momento había construido un robot capaz de seguir una línea, pero el premio se otorga por el trabajo de todo el año. Como en la historia de Edison, la confianza familiar puede ser la llave del éxito: Marta consiguió una beca en el colegio ORT para que Gino siga la especialidad en electrónica y aprenda la teoría de aquello que hace por instinto. “Estoy en tercer año, pero como todos los profesores saben que me gusta la electrónica me dejan asistir a las clases de robótica de cuarto”, cuenta Gino, mientras termina de diseñar un dispositivo calefactor para los quioscos callejeros.

Los tres facilitadores que conducen el taller explican que no enseñan a inventar ni a ser creativos: el objetivo es crear un ambiente propicio para que los chicos desarrollen su propio potencial. Sólo cuando preguntan se les explica cómo funcionan los objetos o para qué sirven. Las claves para que estos alumnos tan particulares se presten al juego, aseguran, son responder a las preguntas con cordialidad, mostrar respeto por sus ideas y entusiasmo por sus proyectos, sin calificarlos ni censurarlos.

El método rindió sus frutos: varios de los inventos que surgieron en la EAI ya tienen un prototipo funcional y están en condiciones de producirse a nivel industrial, si hubiera un inversor interesado. Entre ellos, la tijera sin puntas que corta para atrás, un diseño que Christian Prado concretó en 1994, cuando tenía ocho años. O el paraguas inflable que desarrolló Nicolás Araujo en 2004 y con el que obtuvo el primer premio en la feria de jóvenes inventores de Tokio. O las sandalias luminiscentes que se ven en la oscuridad, inventadas por Malena Temerlin en 1996, de 13 años en ese entonces, que le valieron el primer premio en la Olimpíada Argentina de Inventiva.

“Acá no hay genios ni superdotados, pero todos son curiosos y creativos, independientes, sensibles, inconformistas, con facilidad de expresión y han demostrado no ser muy buenos alumnos en la escuela tradicional”, cuenta Eduardo Fernández, director y artífice de la EAI. Hace veinte años, le presentó la idea a Mariana Biro, directora de la Escuela del Sol, quien en memoria de su padre Ladislao Biro, el inventor de la birome, aceptó prestar las aulas del colegio para que los sábados funcionara el taller de inventos. Los encuentros duran tres horas, en las que los facilitadores plantean un problema y los chicos optan por trabajar en sus posibles soluciones o dedicarse a otro invento. Cuando termina el tiempo, presentan lo que inventaron ante los padres, quienes obviamente festejan, se muestran entusiastas y hacen preguntas relativas a los desarrollos.

Julián, de 9 años, está concentrado armando un avión para jugar una competencia con Martín, de 11. Lejos de resolverlo con una hoja de papel plegada, prueban hélices que no se rompan al tocar el piso, analizan diferencias de peso según condiciones climáticas y distintos materiales para imprimir más velocidad a los aeroplanos. “Experimento haciendo cosas que vuelan porque le tengo mucho miedo al agua y no me gustaría que el avión en el que viajo se hunda –explica Matías, entusiasmado–. Juego con legos desde los cuatro años, me gustan porque puedo armar y desarmar muchas cosas. Nunca dejo de jugar. Viendo las computadoras que arregla mi papá se me ocurrió inventar maquinas del tiempo y ahora estoy trabajando en eso.” Un viejo refrán chino dice: “Cuando oyes algo, lo olvidas. Cuando ves algo, lo recuerdas. Pero hasta que no haces algo, no llegas a comprenderlo”. Y los niños inventores lo aplican cada día. No están dispuestos a conformarse con nada menos.

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