29 may. 2011

Falta de inspiración

En los últimos días no estuve posteando mucho. Entre la actividad laboral, el TEDxRosario y demás, no encuentro el tiempo de reflexionar y contarles las conclusiones.
Pero me acordé de este cuento de Roberto Arlt que me gustaría compartir y mantenernos de alguna manera (justificada o no) en contacto. Aconsejo tomarse unos minutos y disfrutar del cuento.


Una excusa: el hombre del trombon
Es inútil. En todas las cosas hay que poseer experiencia. Yo creía que tener por vecino a un señor que se dedica al estudio de la música en el broncíneo cuerpo de un trombón, era un sacrificio superior a la más cariñosa resignación humana; pero ahora he comprendido que no; que el estudio del trombón no irrita los nervios ni ensordece como a primera vista, y colocándose desde un lugar absolutamente teórico, se pudiera creer.
Creo que todo aquel que se dedica al estudio de la música trombonífera, es un animal inmensamente triste. Lo digo basándome en conjeturas acústicas. Imagínense ustedes a un hombre que todos los días, de las doce y media a las trece y de las veinte y treinta a las veintiuna, se dedica a arrancar melancólicos bufidos a su instrumento, y toda esta filarmonía broncínea tiene por caja armónica un altillo.
Tal es el señor que me ha tocado tener por vecino; no en mi pensión, sino en una casa medianera a la tal, y donde, para regocijo de todos nosotros, el hombre inunda de selváticos lamentos el barrio en las horas consagradas a la siesta y a la digestión.
Lo cual me ha permitido llegar a la conclusión de que el hombre del trombón es un animal inmensamente triste.
¿Qué es lo que lo ha impulsado a refugiarse en la dulce melancolía del instrumento que, sin querer, recuerda la trompa de un elefante?
Como primer principio puede sentarse que aquella gente que se dedica a las industrias del calzado, tiene una especial predilección por el trombón. Luego le siguen los solterones que trabajan en inútiles labores de albañilería y construcción, porque el aparato, por sus razonables dimensiones, se presta para ser soportado por el cogote de un mezclacal o levantaladrillos.
En tercer grado, vendrían los sastres, aunque los sastres melancólicos son más aficionados a tocar la ocarina; ya en el Ejército de Salvación se cuentan numerosos conversos, que en su juventud fueron sastres y en las fiestas dominicales manejan el trombón con tanta habilidad como antaño la tijera.
Lo que me hace pensar que todo lo que pueda escribirse respecto al tocador de trombón es macaneo puro, macaneo que llega a las excelsitudes. ¿A qué excelsitudes llegará?
Veo que estoy macaneando, y en grande… Y todo porque debo escribir esta nota en veinticinco minutos, pues tengo que tomar el subte e ir a la Yumen. ¿No es trágico esto de tenerse que escribir una nota en veinticinco minutos? Por más que hago resonar las teclas, no cubro el tiempo necesario para terminar el artículo; ir hasta la calle Rivadavia, tomar el subte, llegar a la Asociación. Hace dos días que me tiro fervientemente a muerto.
La verdad es que venía pensando a todo vapor. ¿Dará el sujeto del trombón tema de nota para ochocientas palabras? ¡Maldito sea el trombón! Podía haber tomado el argumento de otro asunto; por ejemplo, ¿qué ejemplo?… Ahora me explico por qué mi director siempre me dice:
-Dejá nota adelantada, Arlt.
Yo no puedo negar que mi Director tiene razón. ¡ Cómo lo voy a negar si esa observación me la hace en paternalísimo tono! Pero el caso es que uno tiene fiaca, y está seguro que al día siguiente tendrá argumento. Y la verdad que el argumento del hombre del trombón no es malo; pero me falta tiempo para desarrollarlo.
En verdad que a mí hoy me importa un ardite el hombre del trombón. Escribo sobre eso como podría escribir sobre cualquier otra cosa; pero el tiempo urge; el dibujante reclama la nota para ilustrarla. Yo pienso que hace ya tres días que no asomo el hocico por la Yumen y que mis articulaciones se oxidan y que mis músculos se relajan, y estoy espantado de haber llegado a tal grado de indolencia y de abandono de mí mismo. ¡Lo que es la naturaleza humana! (Muchachos, el caso es llenar espacio.) ¡ Lo que es la naturaleza humana! Durante treinta años me he tirado a muerto y me he reído de la gimnasia, y ahora estoy con un “delirium tremens” de frenesí atlético. (Cómo del ejercicio de las virtudes del trombón, venimos a parar a la gimnasia. Dentro de un rato y en este tono llegaremos a disertar sobre la temperatura de las estrellas o cualquier otra cosa improbable y matemáticamente demostrada por ello mismo.)
Pero; díganme ustedes. ¿No es una broma esto de tener que largar una nota en veinticinco minutos de reloj? Ni uno más ni menos.
Veo que el minutero está en las siete; son entonces las seis y treinta y cinco. Suena un teléfono. ¡Gracias a Dios he entrado en la tercera carilla! Si alguien pregunta por mí diré que no estoy…Dígase lo que se quiera, el trabajo de escribir es brutal. No, ¡qué va a ser brutal! Estoy conforme porque me faltan siete renglones para terminar. Tengo sobre el escritorio la correspondencia sin abrir. Ahora que llego al final me pregunto, medio temeroso: ¿el Director no tirará la bronca con estos apurones míos? Hace una semana que me reclama, paternalmente, la nota adelantada. Yo le digo que sí, y me escurro en cuanto se descuida, porque si no me trinca, me hace sentar, y terminar la famosa nota adelantada. Y lo grave es que no puedo negar que tiene razón. La haré esta noche.
Pero, no. Hace dos noches que duermo siete minutos y medio y ¡ah, periodismo!… Sin embargo, dígase lo que se diga, es lindo. Sobre todo si se tiene un Director indulgente, que lo presenta a las visitas, con estas elocuentes palabras:
-El atorrante de Arlt. Gran escritor.

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